La última casa, el más reciente estreno de terror y ciencia ficción de Netflix, es un experimento complicado. Y lo es, porque es una especie de combinación de dos ideas que parecen no estar destinadas a estar juntas. Por un lado, se trata de la historia de una familia encerrada en el hogar durante un evento cataclísmico. Al otro, una trama de acción y ciencia ficción, que combina todo tipo de elementos del género. De modo que hay desde un misterio apocalíptico que resolver hasta insinuaciones de una mitología lovecraftiana.
El resultado es una de las películas más inusuales del año. En específico, porque el director francés Louis Leterrier cuenta ambos puntos de la historia casi por separado. De modo que La última casa no solo explora el drama de una familia en medio de un desastre que pone a prueba su voluntad de sobrevivir. También añade capas de misterio no resuelto de lo que al parecer espera fuera de la casa convertida en prisión. La combinación no siempre se sostiene y vuelve a la historia caótica por momentos. Pero aun así resulta atractiva. Y lo es gracias a que el guion escrito por Matthew Robinson explora en sus personajes tanto como para hacerlos entrañables.
Todo a partir de una premisa en apariencia sencilla. Una mañana cualquiera, los Delgado, una típica familia de clase media compuesta por Jason (Wagner Moura), Ann (Greta Lee) y sus hijos, se enfrentan a una tragedia. Están completamente atrapados en su hogar en Seattle. Una extraña e invisible fuerza sobrenatural ha sellado herméticamente todas las puertas y ventanas de la vivienda. Lo que evita cualquier intento de escape o destrucción de las estructuras. A partir de ahí, La última casa explora una serie de situaciones inquietantes que van de menos a más en un recorrido angustioso. Y además, explora en lo más singular de la ciencia ficción.
Una historia que juega con la incertidumbre
Uno de los puntos altos de la historia es que la cinta no explica (no de inmediato) lo que sea que esté ocurriendo. Pronto, a través de tensas comunicaciones con pizarras a través de los cristales, los Delgado descubren que sus vecinos comparten el mismo destino. Por lo que pronto se revela una anomalía que afecta a toda la ciudad y al planeta entero. El guion de La última casa juega entonces con la idea de que lo que sea que encerró a los vecinos en sus casas es un hecho total.
Uno, además, que se vuelve más misterioso a medida que no hay una sola explicación posible. La cinta no aclara si lo que está ocurriendo es un evento apocalíptico, místico o alienígena. Mucho menos si hay una manera de interrumpir o evitar el proceso que provoca que las víctimas estén encerradas dentro de su propio hogar. El argumento indaga de manera interesante, no solo en la intriga. También, con la posibilidad de que el fenómeno terrorífico sea más complejo de lo que parece ser. Algo que terminar de confirmar, pero no de manera sencilla.
En realidad, buena parte de los mejores puntos de La última casa es mantener su misterio oculto el suficiente tiempo como para que resulte interesante. En específico, porque escena tras escena brinda leves indicios sobre lo que podría ocurrir sin aclararlo del todo. Y aunque al final lo hace (al menos en parte), la película juega con la idea de que el peligro es tan imprevisible como temible.
La casa como una cárcel
La última casa no evade su giro principal de una familia atrapada en el hogar que conocen de toda la vida. Antes que eso, lo profundiza de una forma tan total que resulta sorprendente. Eso, al dar un audaz salto temporal, transformando el pánico inicial de un encierro rutinario en algo más elaborado. Paso a paso, los días de encierro se transforman en semanas y luego en meses. Oportunidad que la película utiliza para profundizar en el sentido de la supervivencia a un nivel por completo nuevo.
Más interesante todavía, abandona lo que podría ser solo un lento goteo de situaciones inexplicables, para dar el salto a una crónica de resistencia compleja. Una que se extiende por un asombroso periodo de cinco años. Durante ese tiempo, los Delgado deben enfrentar las dificultades de permanecer reclusos. Por lo que la película investiga desde el hecho de cómo cosechar dentro de la casa hasta obtener agua potable. Además, de cómo resolver el dilema de una convivencia forzosa por un lustro entero en una casa relativamente pequeña.
Es en este tramo donde las sólidas actuaciones de Greta Lee y el actor brasileño Wagner Moura sostienen el peso dramático. Por lo que reflejan el desgaste psicológico de toda la familia. También, la fortaleza de unos padres decididos a mantener con vida a sus hijos. Aprovechando los conocimientos de ingeniería de Jason, la familia transforma su hogar en un ecosistema autosuficiente de supervivencia extrema. Por lo que instalan cultivos bajo los suelos y diseñan complejas trampas en las chimeneas para capturar pequeños animales que les sirvan de alimento. Un añadido poco común a las películas del género.
Una buena dirección a pesar de las fallas
La dirección de Leterrier destaca por construir una atmósfera asfixiante dentro del entorno doméstico. De modo que retrata la casa como un espacio en evolución. De uno que originalmente simbolizaba refugio y confort a otro convertido en una prisión claustrofóbica donde los recursos disminuyen al límite. Aunque La última casa no se sostiene siempre en este precario equilibrio entre drama familiar y supervivencia en estado puro, sí logra conmover. En especial, cuando añade interés sobre sus personajes, que al final son solo una familia que lucha como puede contra una tragedia que los supera.
El director también logra mostrar con habilidad la ruptura familiar, cuando la misteriosa amenaza exterior decide finalmente ingresar a la vivienda. La película da un vuelco hacia la ciencia ficción ecológica cuando se desvela la naturaleza de las criaturas que controlan el aislamiento. El diseño de producción a cargo de Kevin Jenkins y la dirección de Leterrier optan por mantener a las criaturas envueltas en un halo de misterio visual. Por lo que, huyendo de los monstruos tradicionales, ofrece representaciones abstractas y perturbadoras. Todo lo cual incrementa de forma notable la tensión de la segunda mitad.
Para eso, el desenlace de La última casa ofrece una potente e inquietante metáfora visual sobre las consecuencias del cambio climático. Por lo que muestra una Seattle completamente inundada. Una en la que incluso el icónico Space Needle se encuentra casi sumergido bajo las aguas del océano que ha reclamado la superficie terrestre. A pesar del sombrío panorama postapocalíptico, La última casa encuentra la manera de manejar la idea de la esperanza. Y aunque su premisa puede resultar desordenada (lo es en cierta forma), también logra desarrollar parte de sus temas con habilidad. La mejor razón para disfrutar de la cinta.
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